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Viejas Pulperías de Nuevos Caminos, Buenos Aires

by Cami

 

Era un miércoles lindo en Buenos Aires, soleado pero con algunas nubes. Por momentos tenías calor pero por otros tenías que abrigarte. Salí a las 9 am de Pilar, habíamos quedado con Majo de encontrarnos a las 10 am en una Axión de Luján donde habíamos frenado a comer algún tiempo atrás. Por supuesto, llegué unos 20 minutos temprano. Mi ansiedad no me había dejado en paz y me sentó en el auto, sabiendo que pasaría eso. Fumé un pucho, fui al baño, me compré agua. Después esperé sentada en el auto, escuchando música, esperando que llegue la socia. Este si que era un programa que me fascinaba: salir a andar a caballo con Majo a recorrer nuevos caminos.

 

A las 10 y pocos minutos llegó. Obviamente, no había desayunado nada, así que se compró algo en el restaurante que estaba ahí al lado mientras me contaba rápidamente de sus días. Ambas estábamos saturadas, creo que ella más que yo, pero por eso mismo estábamos felices del día que nos esperaba. Como íbamos a ir en su auto, mientras ella comía medio sandwich, puse todas mis cosas de montar en el baúl. Una vez adentro, me contó, o me volvió a repetir brevemente, dónde estábamos yendo. Yo soy bastante colgada, así que necesito repetición. La estancia queda en Tomas Jofre y se llama La Soleada. Su dueño, Jorge, tenía ganas de empezar con cabalgatas, y quien mejor que nosotras para darle pa’ lante. Hoy íbamos a probar una parte del camino que teníamos pensado ofrecer a los amantes de las cabalgatas.

 

Yo no conocía Tomas Jofre, pero queda ahí nomás de Luján. A los pocos minutos en auto llegamos al pueblo, y doblando a la izquierda en un camino de tierra llegamos a la estancia. Jorge ya estaba ahí esperando, con dos caballos ensillados y todo. ¡Qué amor! Lo saludamos, me lo presentó, y me mostraron un poco el lugar tan acogedor. Inmediatamente después me concentré en los caballos. Ahí estaban, ensillados, listos para arrancar. Pero obviamente que las dos nerds tenían sus monturas y las querían usar. Jorge entendió perfectamente aunque nosotras seguíamos pidiendo perdón. Ahora, los caballos, de vuelta. Paso a describirlos.

 

Uno de ellos era un alazán/colorado con dos tiritas blancas, muy finitas, en la parte delantera del cuello. Era grandote, alto! Muy tranquilo, muy amoroso. Yo pensé que era un señor mayor, pero después nos dijeron que tenía 4 o 5 años. Tenía las crines y la cola corta. Parecía que era de trabajo de campo. ¡Me tentó! Se llamaba nada más ni nada menos que Boliche. La otra era una yegua tordilla, un toque más petiza que el alazán colorado, y tenía crines largas. Tenía una cara de mezcla con árabe, ¡era muy linda! Parecía que probablemente su personalidad iba a ser un poquito más picante que el otro. Se llamaba, muy gracioso, La Estrellita.

 

Como es costumbre últimamente le dije a Majo que elija ella cual prefería probar, sino podía pasar que le toque uno que no era tan para ella. Después de dudar y preguntar cómo era cada uno, terminó eligiendo al Boliche y me dejó La Estrellita para mí. Perfección, me tentaba un poco más la tordilla, aunque los dos parecían muy buenos. Ensillamos cada una el suyo y finalmente nos subimos. Una vez arriba me di cuenta que Estrellita tenía su carácter y que El Boliche era más tranquilo, pero me gustó. Ahora sí, la cabalgata empezaba. Nos abrió el portón de salida y allá fuimos, a investigar!

 

El camino empezaba hacia la derecha haciendo el corto trazo de tierra que llevaba a la ruta. Teníamos que cruzarla y seguir por ahí derecho. El Boliche iba a paso largo, haciendo un trote que parecía celestial. Majo me decía que tenía un andar bárbaro, muy cómodo, ¡y así parecía! La Estrellita iba con ganas, trotando siempre, queriendo ir adelante. No le tenía que tirar mucho pero ella quería siempre más. Iba haciendo un ruido con su hocico que yo pensaba que era por miedo a las cosas que íbamos viendo. Después me di cuenta que era por su movimiento y por las ganas de seguir y seguir. El primer kilómetro lo hicimos al paso, o más bien al trote, esperando que los caballos entren en calor. Iban perfectos! No se asustaban de nada, ni de los mil perros que salían a ladrar cada vez que pasabamos por una casa, o de los autos que cada tanto pasaban por al lado.

 

El primer pueblito que cruzamos obviamente fue el de Tomas Jofre. Era muy chico y muy pintoresco. Tenía ya sus varios restaurantes para el público que en ese momento estaban cerrados. Había uno muy lindo que tenía 100 años de antigüedad, ¡una locura! Nos sacamos unas fotos e inmediatamente preguntamos para dónde quedaba Altamira. El tema es que habíamos pensado el camino en un sentido pero nos dimos cuenta que era mejor al revés. Queríamos chequear si había un camino que nos lleve bien desde ahí. Siempre desde arriba de los equinos le preguntamos a una maestra de una escuela, que nos dijo por dónde ir. ¡Era muy amorosa! Fue a conseguir su teléfono y nos dijo que sigamos y doblemos en la primera a la derecha. Pues, para allí partimos.

 

El día estaba divino, en muy poco tiempo entramos en calor y nos sacamos la campera. El Boliche y La Estrellita iban perfecto! Era hora de galopar. La parte del camino era larga y de tierra, y no venía nadie. Había árboles alrededor, grandes montes de eucaliptos por todos lados. Empezó el galope y ya me sentí yo misma: el viento en mi cara, los aromas de campo, el sol, y las crines de la Estrella rebotando en frente mío. Que agradable! Y aún más, la comodidad de Estrellita! Era tan suave y tenía tan buen ritmo que me perdía más en el todo. De repente volví a la realidad y le pregunté a Majo por Boliche, ¿era bueno? Era cómodo? Espectacular, fue su respuesta. Me dijo que se parecía a Dorita, su yegua colorada que siempre andábamos. Y era cierto! Lo pensé en un segundo y le dije que eran como sus dos yeguas: El Boliche era Dorita y La Estrellita era Señora Sol! La tordilla arabe de Majo. ¡Nos reímos!

 

El camino doblaba y doblaba siempre con agradables vistas, a veces más casitas de campo y a veces más terrenos rurales. Íbamos charlando, desahogándonos de nuestros problemas y riéndonos de cualquier cosa. Andando a caballo todo mejora, todo se afloja, todo se vuelve increíblemente maravilloso. Así fue como de repente llegamos a otra pulpería, “Lo de Puri”. Majo ya la conocía por su pasado y me contó que el dueño se llamaba Marito. El lugar se llamaba así por su apellido y era del año 1930. Wow! Era de ladrillos y tenía unas puertas verdes con borde colorado. En la entrada tenía palenques, o al menos lo que quedaba de ellos para atar los caballos. ¡Me encanto! El único tema era que parecía estar totalmente cerrado. Era miércoles!! Yo lo había pensado velozmente pero nunca llegué a comentárselo a Majo. Y no sé cómo explicar el hambre y la sed que tenía. Andar a caballo te hace estar famélica! De alguna manera alguien tendría que vernos.

Me bajé del caballo, Majo también, y los atamos en el palenque. Claro está, la bohemia de Majo dejó su campera a los pies de su caballo, las riendas en el piso, todo muy al aire. Me hace reir esta mujer! Yo puse todo prolijamente ordenado, le deshinché y le saque el cuerito extra, y sin que se diera cuenta le ordene un poquito a Majo. Ella tocó la puerta y apareció un señor, el dueño, diciendo que ya estaba cerrado, que era miércoles (y era la una y diez encima). Majo se quedó mirando y le preguntó si era Marito. ¡Pues sí! Así fue su increíble reencuentro y lo mejor de todo es que Marito nos dio una mesa afuera, nos trajo una picada deliciosa de un salamín exquisito, un queso y un pan del cielo, y lo más importante, dos Fernets. Le agradecí desde el primer instante hasta el final. Mientras preparaba todo se iban poniendo al día con mi socia, y yo estaba gozosa, sonriendo ahi nomas, viendo la decoración del lugar y los caballos atados afuera, sacando fotos y disfrutando.

 

La picada fue asombrosa para satisfacer nuestra hambre y sed. Después del segundo vaso de Fernet y de arrasar con el salamín (que era hecho ahí mismo) y el queso, nos volvimos a subir a los caballos que ya estaban descansados. Una vez arriba con todo puesto y ordenado arrancamos todavía camino a Altamira. ¡Esta parte del camino fue genial! No solo tenía la felicidad de los dos tragos, sino que el tramo que agarramos era realmente atractivo. Empezó siendo un camino de tierra normal pero de repente se llenó de plantas y árboles muy agradables. El día seguía muy lindo y raro; de repente habían unas nubes casi negras como que iba a llover, pero eso no pasaba. A nuestra izquierda se abrió un camino donde se veía al final como un granero de Estados Unidos, colorado, muy lindo. No pudimos no ir a verlo! No había nadie más que unos caballos ahí sueltos. Después volvimos y seguimos el andar.

 

En un momento llegamos a una vía de tren que ya no se usaba más. Nos habían dicho que nos teníamos que meter por un costado, bien chiquito, y caminar por la vía. Esto eventualmente nos iba a dejar en la estación de tren de Altamira. Ahora, ¡lo qué fue ese atajo! Yo fui la primera en meterme. Era bastante angosto e ibas por la vieja vía y alrededor habían todos árboles y plantas. Para pasar por algunos pedazos teníamos que agacharnos y ver que había del otro lado. ¡Era muy gracioso! Majo venía diciéndome que la espere, porque realmente no se veía a donde íbamos, y yo me reía y seguía diciéndole que fluya. Estaba encantada con el paisaje, era espléndido. Así fuimos encantadas hasta la estación de tren de Altamira, que era igual de encantadora. ¡Sacamos varias fotos! Y seguimos el camino.

 

Unas cuadras más adelante había otra pulpería vieja, “La Pulpería de Curli”. Esta es parte del patrimonio histórico del partido de Mercedes. Gracias a Dios ya estábamos llenas porque también estaba cerrada. Pero pudimos sacarnos otras fotos ahí mismo e inspeccionar el lugar. Por supuesto, cuando hagamos alguna cabalgata en el futuro, vamos a tener los teléfonos y hablar antes de salir. Era divina! También de ladrillos, todos viejos, bien de campo. Seguramente la comida era deliciosa!

 

Después de eso ya pegábamos la vuelta para llegar a la Soleada por un camino nuevo. Habíamos hecho como una O. Pasamos por una escuela y de repente todos los chicos gritaron “caballos!”, y se acercaron a ver y saludar. Fue muy gracioso, me sentía una aventurera descubriendo cosas nuevas. Los saludamos mientras seguíamos el camino de retorno. Quedaban unas pocas rectas, aunque no lo sabíamos, y ahí hicimos un buen galope a un buen ritmo. Fue muy relajante y placentero. Cuando el camino doblaba, después de un largo trecho, frenamos y ya nos dimos cuenta que era la parte por donde habíamos empezado. Maldición, ya sentía pena por estar por terminar esta increíble cabalgata.

 

Así llegamos pues a La Soleada, donde nos esperaba Jorge. Eran las 16 hs y unos minutos, estaba perfecto el tiempo! Habíamos salido a las 11 y algo. Nos bajamos y desensillamos, despidiendo muchísimo al Boliche y Estrellita. ¡Se habían portado bárbaro! Ya mismo mi cabeza estaba pensando en el próximo día que volveríamos a probar otro camino y a probar otra pulpería más. Y por supuesto, a probar otros caballos que ya estaban ahí mismo descansando.

 

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