Cabalgata en Piedras Blancas, Entre Ríos
by Cami
Siendo la fecha que es hoy ya se está por cumplir un año de una gran aventura a caballo que hicimos: la cabalgata en Piedras Blancas, provincia de Entre Ríos. La voy a sacar a relucir porque fue algo increíble. A esta estancia la conocía bastante bien por los cuentos de mi socia, Majo. Cuando ella era chica su papá trabajaba ahí mismo y por supuesto, iba con él siempre que podía. Ahí mismo tenían sus caballos, y por ende, salía a montar casi todo el tiempo. Lo conocía de punta a punta a pesar del tiempo que había pasado. Actualmente, el padre de Majo le comentó que había visto a la dueña y que le había comentado que le interesaba hacer cabalgatas en el campo. Majo, sin ninguna duda, se puso en contacto y arreglamos para ir el año pasado. Obviamente, vino el padre de Majo con nosotras dos! Fue espectacular.
Era un 4 de agosto el día que partimos los tres. Fuimos en el auto de la madre de Majo que nos lo prestaba. Jorge, su padre, era un excelente manejador. El viaje era largo, tardamos aproximadamente 6 horas y media en llegar. Piedras Blancas está bien al noroeste de la provincia de Entre Ríos, y da al Río Paraná. Está justo contra la frontera de Santa Fe y, un poco más lejos pero bastante cerca, de Corrientes. Llegamos a la noche, temprano pero ya no había luz para ver el campo. Esas cosas siempre me dan mucha ansiedad! Ya mismo quería ver cómo era la estancia. Igualmente, estaba bien, porque la dueña que nos recibió se iba al día siguiente y quedábamos a cargo de Mainke, el chico que se encargaba de los que iban a visitar.
La noche estuvo muy buena. Primero que todo, nos mostraron los cuartos. La casa era divina! Era como con forma de L, y a los cuartos se iba caminando por afuera. Los nuestros eran dos que compartían un baño. En uno dormía el padre de Majo, y en el otro, que era enorme y tenía dos camas dobles, dormíamos Majo y yo. En el medio estaba el baño. Era increíble, todo era demasiado lindo. Después volvimos a la parte principal, donde habia una gran mesa para comer, un living con chimenea, y un saloncito para picar. Tambien tenia un cuartito todo rodeado de vidrios, donde se podia fumar y no tener tanto frio. Comimos una picada deliciosa y luego nos sentamos a comer unos platos sabrosos que había cocinado el chef. Por supuesto, todo esto iba junto al trago que elegías, en mi caso un Fernet, que nos daban todo el tiempo. En medio de la comida vino Santi, el chico que nos iba a acompañar con los caballos estos días. Era más chico que nosotras y muy amoroso. No podíamos esperar a que llegara la hora de salir a caballo.
Primer día: A la Isla a Caballo
Esa mañana nos despertamos temprano, o en verdad, me desperté temprano. Fue gracioso porque me fui a bañar y estaba Jorge ahí metido, haciendo la suya. Me hizo acordar a mi padre, tardó años!! Y cuando salió grito “ya está listo el baño”, y se encerró en su cuarto. Me encantó, yo estuve caminando por el cuarto todo el tiempo mientras él se enjuagaba. Después de bañarme salí contentísima. No tengo que ni decir que el desayuno estaba buenísimo! Panes, yogures, frutas, huevos. Todo lo que necesitábamos para salir a montar estaba a nuestra disposición. Traté de comer algo porque en esos momentos debía pensar que en las próximas horas estaría acumulando mucha hambruna y que cuando frenara se me iba a despertar y exigiría que le de algo. Bueno pues, comí todo lo que pude. Majo, por su parte, se despertó muy tranquila y relajada y contenta con el día por delante.
Apenas terminé de tragar fui corriendo al cuarto a agarrar las cosas necesarias: mis botas, la riñonera, sin falta, y mucho abrigo en varias capas. El clima estaba perfecto, se sentía frío porque era temprano pero se sabía que después, con el avanzar del día, se iba a poner más cálido. Era una mañana muy linda, el cielo estaba azul, todo despejado. Ahí en la camioneta estaba Mainke, el guía, fumando un pucho tempranero. Con mucho placer de que alguien fumara como yo, me prendí uno para seguirlo, y mientras esperábamos a los demás me contó que a esa estancia iban también pescadores. En verdad, él era el guía de los grupos de pesca, de caballo no tenía ni idea. Por eso se nos unía Santi, el peón amoroso que habíamos conocido ayer.
Cuando ya estaba el grupo entero, Mainke nos llevó al lugar donde empezaba la cabalgata, o al menos donde casi empezaría. Era como un mini puerto del campo, con un bote y el Río Paraná, que quedaba ahí nomás de la casa. Yo ya estaba feliz de poder ver todo: el río era bastante grande, aunque no era la rama principal. Se veía la isla perfectamente, estaba como a 100 metros de distancia. Digo isla porque nos habían dicho ese detalle, pero si no no te dabas cuenta! La isla tenía 2.000 Ha, al igual que las otras 2.000 Ha que estaban en el continente. Era bastante grande el campo! Ese primer día andaríamos todo el tiempo por la isla gigante. Y el paisaje! Subidas, bajadas, los montes de espinillos, los tala, los mini ríos, grandes lagunas, el Paraná, etc! Yo ya estaba estúpida mirando todo a todos lados.
Esperamos bastante ahí en el puerto, donde Santi apareció caminando. Tenían que venir a buscarnos del otro lado y cruzarnos dentro de la isla, donde esperaban los caballos. A todo esto, estábamos con mi montura y todas las cosas que llevábamos nuestras. Nos sacamos fotos y charlabamos, al menos yo con ansiedad, de nuevo, de estar ya mismo cruzando! Cuando finalmente apareció la lancha, o el bote con motor, cargamos todo y nos despedimos de Jorge y de Mainke. Los veríamos cuando termine la cabalgata. Con todo en el botecito, partimos a la isla. Lo que para mi eran solamente 100 metros podían ser 500 metros, se alargaba mientras avanzabamos. Una locura!
Al otro lado había una casita donde vivía otro de los peones del campo. Ese también vendría con nosotros a hacer la cabalgata. Atados en un arbolito afuera de la casa estaban 4 caballos. La de Majo era una alazana mala cara, con 4 patitas blancas, que parecía mezcla con cuarto de milla, muy linda; después uno que tenía Santi, que era alto y medio colorado, también con mancha blanca en la cara, que se llamaba Cordero, muy tentador. Quedaban dos mas: un zaino o zaina, no recuerdo el sexo, con tamaño normal, que montaba el otro chico; y un overo, medio tordillo y marroncito claro, que era también alto pero no tanto como Cordero. Se llamaba Tobiano, y era de lo más bueno que existe. Sobre él iba a ir yo. Lo ensillé con mi montura y mi cuerito, y me subí muy tranquilamente. Nunca se sabe cómo son, pero el se porto perfecto. La de Majo, según lo que me decía, también era espectacular.
Decidimos arrancar andando para la izquierda de la isla e ir yendo para la derecha cuando llegabamos a la costa con el Paraná del otro lado. El camino era como una laguna, llena de pastos secos y ramitas y tenía un fondo de agua pero que era tranquilo para caminar. La cantidad de bichos que habían! Muchos mosquitos, muchos! Más a la derecha se veía que había más agua, por lo que nos manteniamos bien a la izquierda. Con nosotros iban algunos perros, dos mínimo, que corrían y disfrutaban más que nosotros. El camino era increíble, de repente se iba el agua y podíamos galopar por buenos trechos, hasta que de repente se llenaba de árboles y plantas o hasta pasto tan alto que teníamos que frenar e ir caminando de nuevo. De repente llegamos a la costa! El Paraná se veía perfecto, y era enorme! Ahí lo fuimos bordeando, galopando cuando podíamos y caminando cuando no. Por momentos íbamos al trote, esquivando ramas y árboles y matas que habían por todos lados. Me encanta eso de andar por Entre Ríos, siempre está lleno de cosas! El Tobiano era lo más! Tenía un galope super cómodo y lindo. Frenaba cuando yo quería e iba más rápido cuando le pedía. Era muy amoroso! Ya lo quería mucho.
Después de andar como dos horas y algo, frenamos en un lugar que era impecable para comer. Habían árboles donde se podían dejar atados los caballos. Les desajustamos las monturas y los dejamos con los bozales atados. Santi llevaba una mochila con él de donde sacó un tupper con el almuerzo. Eran unos sandwiches riquísimos preparados por el chef. Les dimos la parte que les correspondía a los chicos y agarramos las nuestras. Estaba sabroso, aún más con el hambre que te da montar. Admiramos el río y charlamos con los chicos. Después de comer descansamos un poco y cuando ya era hora volvimos a ensillar y montar los caballos. La cabalgata seguía yendo para la derecha. Íbamos a llegar a un punto desde donde se veía del otro lado del río el pueblo Puerto Algarrobo, donde íbamos a ir al día siguiente.
La vuelta fue espectacular! Galopamos muchísimo, que es lo que más me gusta! Los caballos iban por donde vos querías, evitando ramas y charcos que había por todos lados. En un momento mientras galopábamos, se cruzó justo por delante nuestro un ciervo! Saltó lo que pareció una sola vez y así nomás atravesó todo lo que necesitaba. Fue increíble! Nunca los ves tan cerca y tan bien, y eso que estábamos en movimiento. El resto de ese galope fui con una sonrisa en mi cara. No tengo ninguna foto, pero si en mi memoria.
Después de un buen rato llegamos al punto de partida por el otro lado. Habíamos hecho un círculo por toda la isla. Al llegar venía la parte que más me divertía y que nunca había hecho! Había que desensillar los caballos y dejarlos en bozal para pasarlos al continente desde la isla. ¿Cómo se hacía esto? Y esta es la parte que me copaba! Nosotras nos subimos al barquito que nos había llevado a la isla y Santi, que también estaba a bordo, agarraba de un bozal a un caballo, que estaba atado a otro y a otro. Así nomás arrancó el bote, y los caballos, muy acostumbrados a esto, se metían en el río e iban nadando al costado nuestro. ¡Qué bárbaro! Yo iba filmando los caballos que nadaban tranquilamente por el río al lado del barquito! Fue muy lindo verlos. Apenas llegamos al continente ellos salieron del río y ahí mismo teníamos que ensillarlos de nuevo para cabalgar hasta el corral de la estancia.
Este último tramo era corto, pero estaba lleno de la misma fauna y flora que habíamos visto en la isla: pastos larguísimos y más secos, caminos con pasto verde corto, caminos de tierra, etc. Cuando ya estábamos cerca vimos la casa de lejos rodeada de árboles y más casitas alrededor. El color era bordo, que quedaba muy encantador entre toda la fauna verde. Tenía un camino que entraba a la casa que estaba enfilado por unos palos borrachos a ambos lados. ¡Quedaba perfecto! Nosotros encaramos el corral y ayudamos a Santi a sacar las monturas y soltar los caballos. Les agradecimos mucho la muy linda vuelta que nos habían hecho hacer, a los caballos y a Santi. Desde ahí fuimos caminando por el camino de palos borrachos hasta la casa principal, sacando un montón de fotos.
Al atardecer tuvimos la buena idea de ir a Puerto Algarrobo, donde iríamos al día siguiente, para ver que haya una pulpería o algo donde podríamos comer. Por suerte lo hicimos! Mainke nos llevó en auto con Jorge y encontramos un lugar que era perfecto para lo que queríamos. Hablamos con el dueño y le dijimos que íbamos a estar yendo al día siguiente a almorzar una picada. El estuvo de acuerdo y nos dio su contacto. El pueblo era muy chico, así que era el único lugar posible. Después de saludarlo fuimos al puerto del pueblo, desde donde se veía una vista increíble del Río Paraná. El atardecer estaba espectacular, sacamos muchas fotos. Esos son los momentos en los que pienso para mi misma la suerte que tengo de poder hacer esas cosas. ¡Qué linda vida que llevaba! No podía estar más contenta del lugar en el que estábamos. Después de que el sol se ponga volvimos al campo y ya era hora de la picada y la comida, que estuvieron buenísimas, como se esperaba.
Segundo día: Puerto Algarrobo
De nuevo me desperté con mucha emoción de lo que nos tocaba. Fui a desayunar un mate y me llené con cosas que me iban a hacer aguantar hasta la picada en Puerto Algarrobo. Cuando ambas estábamos listas, fuimos al corral a agarrar a nuestros caballos. Por mi parte, agarre al Tobiano, y Majo se enteró ahi nomas que tenía que agarrar a otro caballo porque la suya la había agarrado el dueño para andar. Pobre, se quería morir porque le había encantado la alazana mala cara del día anterior! Pero Santi le dijo que no se preocupara, que la yegua que le tocaba hoy era igual de buena. Era una zaina colorada con crines y cola negra y una mancha blanca en la cara con forma de la Argentina entre los ojos. Obvio que cuando Majo estuvo arriba y la probó dos minutos ya estaba enamorada de su nueva adquisición.
A las 10 AM ya estábamos en camino. Santi también estaba en otro caballo, un gateado muy amoroso. Salimos los tres abrigados pero disfrutando el gran sol que iba a reinar ese dia. Empezamos siguiendo un camino de tierra, con sus subidas y bajadas que de repente aparecían. Fue un camino largo pero divino! Y más todavía sabiendo que nos esperaba una buena comida con un buen trago. Del campo hasta Algarrobo lo hicimos siguiendo ese camino que nos demostraba como era la escenografía del lugar. Cada tanto nos pasaba un auto o una moto y los saludábamos sonrientes. Estuvo muy bueno ir por caminos más rurales porque después sabíamos que la vuelta iba a ser por campo de nuevo, como el día anterior.
A las 13.30 hs aproximadamente llegamos a Puerto Algarrobo. Ya sabíamos donde era el lugar así que fuimos derecho a la pulpería y a dejar nuestros caballos atados a un árbol que había ahí nomás. Les aflojamos las cinchas y los dejamos cada uno con su bozal. Ya estaban ahí Mainke y Jorge que habían ido en auto. Habían preparado una mesa afuera y el dueño del lugar ya estaba preparándonos la picada. La pulpería era bien de campo, vendia desde boinas hasta yogures, cartas de truco y fiambres. Por afuera era bordo con las ventanas blancas. El cielo estaba azul y el clima más caluroso. No podía estar mejor el dia! Nos sentamos cómodamente y atacamos la picada apenas se apoyó en la mesa: un buen salame del lugar con un delicioso queso y pan. Por supuesto, acompañado de un buen Fernet. No es necesario decirlo, pero comimos casi todo! Sobró un poco que se lo llevaron Mainke y Jorge en el auto para picar después en la estancia. Estábamos llenos, como para seguir el camino.
Cuando nos volvimos a subir a los caballos lo primero que hicimos fue recorrer el pueblo. Caminamos por la calle principal, que es donde está la Iglesia y el colegio. Como era día de semana estaban todos los chicos y nos saludaron como si fuéramos los reyes cabalgantes de la zona, fue genial. Después seguimos a la redonda y fuimos al puerto donde habíamos estado ayer por la tarde. Hicimos bien en hacer esa ida la tarde anterior, porque en ese momento eran las 15 hs, osea, cielo azul pero ninguna magia del atardecer. Además, no se porque, en la isla de enfrente había algo quemándose y el humo arruinaba un poco la vista. De todas maneras nos sacamos unas fotos y seguimos el camino como para ir volviendo.
La primera parte de la vuelta era un pedazo del camino que ya habíamos hecho, pero ni bien pudimos doblamos a la derecha. Esta parte era con huella para los autos, pero era un poco más salvaje. Había los típicos árboles y plantas que hay en Entre Ríos por ambos costados. Yo iba feliz, adentrándonos en el campo, con el efecto del Fernet adentro mío. Llegamos al final de ese camino donde había un puesto y nos metimos en el campo. Había ovejas que caminaban por toda la zona, la entretuvieron a Majo que las siguió un rato. Nosotras seguiamos el paso de Santi, que nos iba llevando cada vez más cerca de los espinillos y talas y toda la vegetación que podíamos empezar a ver. De repente, ni nos dimos cuenta y ya estábamos adentro de todo, en un mundo de ramas y sombras que nos envolvían. Acá sí que teníamos que ir en fila, siguiendo el guía que iba muy concentrado. Con Majo nos reíamos porque íbamos esquivando las ramas como si fueran balas.
De repente habíamos dejado los árboles atrás y caminábamos por una parte que estaba llena de cortaderas y de varias plantas o árboles chicos que estaban secos ahí observando nuestro pasar. Había tantos que era difícil galopar por ese terreno. Hicimos un intento siguiendo un camino natural que dejan las vacas pero no duró mucho, ya estábamos de nuevo metiéndonos en los árboles a través de las colas de zorro que abundaban justo antes. Esta parte me hizo mucha gracia, de nuevo, porque teníamos que ayudarnos para mover las ramas entre los pastos para poder pasar. Hice unos videos donde lo único que se escucha son “ahh” y “ohh” de tantas cosas que habían, siempre con tono de risa. Chau caminos, yo realmente no sabia como Santi sabía para donde ir.
Y así fuimos, cada tanto palos y ramas, cada tanto caminos con pastos largos, avanzando todo el tiempo hasta llegar a un alambre que se abría. Santi nos decía que había una rana verde (de plástico, por supuesto) que habían dejado para saber que era ahí. Una vez que pasamos eso llegamos a un lote divino que estaba sembrado con alfalfa. Era muy raro pasar de la selva a este lote sembrado! Ya eran las 6 aproximadamente y el cielo seguía azul. En el medio del lote estaba la vieja casa de San Martín. Estaba abandonada, pero así se llamaba cuando estaba viva. Hicimos un buen galope hasta ahí, la alfalfa estaba bien cortita y era muy tentador galopar y sentir lo libre que éramos.
Después seguimos el camino y ya se veía que estábamos llegando. Habían tranqueras normales y nada que te envolviera en sus redes. Eran ya las 6.30 hs y la casa se veía a lo lejos. Cuando llegamos, ayudamos a Santi a soltar los caballos y lo saludamos hasta mañana, el último día.
Tercer dia: Trabajando con los Gauchos
Eran las 7.50 hs cuando pisamos el corral esa mañana. El sol todavía no había salido pero había esa luz de que estaba por salir. Hoy teníamos que acompañar a los gauchos a buscar y encerrar unas vacas del campo, y todos sabemos que ellos arrancan bien temprano. Nosotras caímos a esa hora y ellos ya se habían ido, pero no importaba. Santi nos iba a llevar a ellos. Majo agarró su yegua zaina colorada, la misma que ayer, y Santi también. Por mi parte, quise cambiar mi caballo que era tan divino. Era tan, tan manso y cómodo que me daban ganas de cambiar y probar otro, no sé por qué. Le dije a Santi y me terminó dando el que había montado el mismo el primer día: El Cordero. Como ya lo había dicho antes, era muy alto y grande, pero me tentaba mucho su personalidad. Parecía un poco más activo y listo para salir galopando apenas yo quisiera. Y así nomás, una vez arriba, me encanto! Iba primero si yo quería, y atrás, retozando un poco, si yo se lo pedía. Era bárbaro! A las 8 y algo ya estábamos andando, con el sol saliendo justo en nuestro horizonte.
Al igual que el día anterior, hicimos un camino que estaba saliendo del casco, pero esta vez era uno diferente al de ayer. Había una gran subida, bastante grande, en la que Majo me pidió por favor que le saque una foto. Obvio, en la foto no parece tanta cosa, pero bueno… Después de ahí ya nos metimos de nuevo en los espinillos y talas. De repente en el medio de todo ese lío había una planta que era muy linda! Para mi era un duraznero, tenía unas flores rosas muy amorosas y estaba casi sin hojas. Mientras Santi seguía yo me estiré para agarrar una flor, estaban bien altas! En esos momentos encontramos a los gauchos, que ni recuerdo sus nombres. Estaban divididos en grupos de a dos y buscaban las vacas entre todo ese lío de plantas. Se escuchaban los gritos de los otros grupos y ellos entendían perfectamente que pasaba. Todos tenían puestos unos guardamontes, cómo los envidie! Para que todos sepan, los guardamontes son una ropa de trabajo que se la ponen arriba de sus bombachas de campo y los protege de atravesar montes, espinillos, pajonales, etc.
Fuimos siguiendo a uno de los gauchos que buscaba y buscaba las vacas. Iba con un machete y cortaba todas las ramas que molestaban. Yo estaba chocha! A donde él fuera lo íbamos a seguir. De repente llegamos a la manga, donde se meten las vacas. Ya habían encontrado a casi todas (faltaban un par) y las estaban metiendo en los corrales. Los ayudamos a hacerlo. Nos habíamos perdido la parte más emocionante que era arrearlas en los montes, pero fue muy divertido igual. Cuando todas estaban encerradas arrancamos la vuelta al casco. Ya eran las 10 am y ese día debíamos estar al mediodía para volver a casa. Me acuerdo que galopamos mucho por el camino de vuelta, y hasta pasamos por una tranquera con un cartel de madera que decía el nombre del campo. Seguíamos recorriendo caminos nuevos, aun en el final del viaje.
Cuando llegamos al corral, desensille al Cordero y lo saludé muy afectuosamente. Me había gustado tanto! Si bien el Tobiano era más cómodo y bueno, el Cordero tenía más la personalidad que a mi me encanta. Saludamos a Santi y le agradecimos muchísimo por los tres días que nos había llevado a recorrer el campo a caballo. Habían sido días espectaculares. Nos fuimos caminando al casco, ya extrañando todo lo que teníamos ahí nomás.













